Nacida para Servir Escrito por Anna Carolina Ortiz Cont.

Fui asignada a enseñar inglés en Panamá por 27 meses. Durante mi estancia en Panamá tuve la oportunidad de desatar completamente mi deseo y energía para servir a los demás. Viví y trabaje en una comunidad rural formada por agricultores y familias con pequeñas empresas. Enseñé de kinder hasta octavo grado en la escuela primaria y ayude a desarrollar una serie de seminarios de desarrollo profesional para los profesores de inglés de la región. Fui voluntaria con la Cruz Roja local donde aprendí acerca de mi entorno circundante. También pasé mucho de mi tiempo con mis alumnos fuera del aula, participando en actividades informales que servían para desarrollo de la juventud. Esto incluía todo, desde invitarlos a ir a correr conmigo, que ellos me invitaran al río o simplemente pasar el rato respondiendo a sus aparentemente interminables preguntas sobre los Estados Unidos y México. A veces, salía de mi comunidad y viajaba a otras comunidades rurales, marginadas para ayudar como traductora en misiones médicas. Estos se convirtieron en avenidas alternas para el servicio.

Disfrute dos años repletos de maravillosas y desafiantes experiencias. Sin embargo, al acercarse al final de mi servicio, debía enfrentarme a esa pregunta cada vez más inquietante, “¿Y ahora qué?” Consideré extender mi servicio, mudarme permanentemente a Panamá y por siempre evadiendo mi vida “adulta” en los EE.UU. Sin embargo, por más que me encantara la vida sencilla, paradisíaca que había construido en Panamá, sabía que era hora de volver a casa.

De vuelta en Arizona, me sumergí en lo que parecía el siguiente paso, obvio y necesario: la búsqueda de un empleo. Envié solicitudes de empleo y currículos durante meses. Muchos fueron infructuosos, pero me aferre a un centello esperanza que había establecido residencia en mis pensami

Durante mi investigación de distintas organizaciones, me encontré con una que inmediatamente me llamó la atención. Recuerdo que al leer su página web pensé, “Esto es igual que el Cuerpo de Paz, pero en Estados Unidos!” En mi mente, eso es lo mejor que puedo pedir. Ahora llevo casi un año trabajando con Esperança y aún sigo aprendiendo acerca de las muchas maneras en que ayudamos a traer esperanza a los que más lo necesitan. Con proyectos en Phoenix, Bolivia, Nicaragua, Mozambique y Perú, Esperança me ha ofrecido una manera de permanecer conectada y seguir alimentando mi sentido innato de servicio; mi Pazonlidad.

Mientras que antes solía “calmar mi sed de servir” al compartir un cuento con mis estudiantes, compartir un momento “a-ha” durante una capacitación para docentes, o simplemente escuchar a mis estudiantes hablar Inglés, ahora lo hago al coordinar el Programa de Cirujanos Voluntarios de Esperança. Nuestro programa envía equipos de voluntarios: cirujanos, enfermeras y anestesiólogos, a Bolivia y Nicaragua para realizar cirugías, libre de costo, para las personas que tienen acceso limitado a tratamiento médico, muchos de los cuales nunca han visto a un médico. También manejo las donaciones de equipo e insumos médicos que recibimos en nuestra oficina de Phoenix. Mientras que la clasificación de incontables cajas de jeringas y suturas no tal vez no sea su idea de diversión, disfruto de las historias que cuentan nuestros voluntarios cuando regresan de una misión sobre cómo esas jeringas y suturas transformaron la vida de alguien.

Encontré esta historia sobre una reciente misión a Bolivia particularmente conmovedora:

Rosa Ugarte Fuentes y su esposo Manuel Torres Estreo Anna Carolina Ortiz photo Esperanzacaminaron durante seis horas desde su pequeño pueblo de Abra Q’asa con el fin de llegar a la camioneta en la que viajarían todo el día para llegar al hospital de Sucre. Rosa y Manuel han sido una pareja la mayor parte de su vida, siempre dividiendo las tareas en el hogar y en el campo. De sus doce hijos, siete sobrevivieron hasta la edad adulta. Su hijo menor vive con ellos, y es su esperanza que el administre los cultivos de maíz, papa, trigo y habas cuando ya no sean capaces de hacerlo. Rosa y Manuel explican que durante el último año, Rosa sintió como si su útero se estuviera cayendo. Podía sentir sus órganos pélvicos prolapsos cuando levantaba cestas de trigo, o cuando se ponía de cuclillas para pelar papas. El malestar limita el trabajo que ella era capaz de hacer en casa. Ella buscó ayuda en varias clínicas, pero fue informada por los médicos locales que no podían tratar su prolapso. Sin embargo, uno de los médicos locales sugirió que los médicos estadounidenses que trabajan con Esperança podrían ser capaces de ayudarla cuando visitaran Sucre. Juntos, voluntarios estadounidenses y cirujanos bolivianos repararon con éxito su prolapso utilizando las técnicas más avanzadas disponibles. Manuel pasó cada momento posible al lado de su esposa y lloró cuando se enteró de que no sería posible pasar la noche en el hospital junto a su amada Rosa. Explicó que durante más de 50 años de matrimonio nunca habían pasado una noche separados. Dos días después de la cirugía exitosa de Rosa, ella y Manuel regresaron a su aldea, anticipando las noches que pasarían felices juntos. (Foto y historia por la Dra. Diane Sklar, cirujana ginecóloga y voluntaria de Esperança.)

Así que en los días cuando este hasta las rodillas en gasas, cánulas nasales etcétera, pensare en Rosa y Manuel y la forma en que ayudamos a transformar sus vidas. Las personas a las que servimos y sus historias son la razón por la que elegí Esperança, y por qué seguiré respondiendo a mi llamado a servir día tras día.

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